Después del 3 de enero, Cuba, Rusia e Irán se quedaron en deudas y comunicados.
La supuesta lealtad estratégica de Moscú, La Habana y Pekín hacia el chavismo nunca fue un pacto doctrinario, sino una transacción extractiva. Cuando cesó el flujo descontrolado de crudo y se ejecutó la captura de Maduro, la alianza demostró sus verdaderos límites.


Durante más de dos décadas, el relato oficial intentó convencer al país de que Venezuela formaba parte de una trinchera geopolítica inexpugnable. Se nos repitió hasta el cansancio que Caracas, La Habana, Moscú y Teherán compartían un destino histórico sellado contra el enemigo común. Sin embargo, bastaron unas cuantas horas en la madrugada del 3 de enero para que la tramoya ideológica se desplomara frente a la realidad: la supuesta hermandad internacional no era una alianza de principios, sino una sociedad de cobro inmediato sostenida con el patrimonio público venezolano.
El examen de fuego: 32 muertos y radares apagados
El día que el dispositivo estadounidense actuó para la captura de Nicolás Maduro, el balance táctico fue demoledor. Treinta y dos custodios cubanos perdieron la vida en el cordón de seguridad, reflejando el nivel de penetración directa que La Habana mantenía sobre la custodia del poder en Caracas. En contraste, los cacareados sistemas de defensa suministrados durante años por Moscú —desde los S-125 hasta las plataformas Buk— no representaron obstáculo alguno, aquejados por años de desidia operativa y la falta de especialistas rusos concentrados en la guerra de Ucrania.
Desde Rusia, China e Irán no despegó un solo caza ni se movilizó auxilio militar. La respuesta de los grandes socios se redujo a lo que siempre hacen los acreedores pragmáticos: comunicados diplomáticos condenando el hecho como un «secuestro», minutos de solidaridad en la televisión estatal y un inmediato cálculo sobre el destino de sus intereses materiales. Para el 26 de septiembre, mientras Serguéi Lavrov insistía en la tribuna de la ONU en pedir la liberación de Maduro, los pasillos del poder en Caracas ya tramitaban acuerdos operativos muy distantes del eje euroasiático.
El fin del crudo regalado a La Habana
Donde el quiebre ha sido más amargo y palpable es en el vínculo con el régimen cubano. El aparato de La Habana no sostenía al chavismo por simpatía bolivariana; vivía de él. Datos de monitoreo como los provistos por Kpler reflejan cómo el circuito de crudo Merey mediante flotas opacas funcionó a toda máquina durante 2025 para sostener refinerías en la isla a espaldas de la población venezolana, con transferencias millonarias a firmas como Cubametales que jamás dejaron un centavo en beneficio de los hospitales o la red eléctrica nacional.
Ese grifo, que abastecía alrededor de 26.500 barriles diarios —un tercio del consumo de la isla—, se cerró en seco hacia fines de diciembre. La reacción cubana no tardó en dejar constancia del despecho material. Con la salida forzada de cientos de asesores de inteligencia y seguridad de la DGCIM y el SEBIN, y el reemplazo del anillo de seguridad por escoltas estrictamente locales, el discurso se enfrió de golpe. Las declaraciones del vicecanciller cubano Carlos Fernández de Cossío a medios internacionales en septiembre resumieron la ruptura: calificar a Venezuela de «aliado» era ya «una palabra demasiado fuerte»; ahora eran un «país amigo» cuya conducción parecía «haber cambiado». Sin barriles regalados, la solidaridad revolucionaria duró exactamente lo que tarda un tanquero en vaciar sus bodegas.
Acreedores cautelosos y ausencias obligadas
La relación con Pekín y Moscú nunca tuvo la naturaleza parasitaria del vínculo cubano, sino una naturaleza puramente mercantilista y usurera. A China no le interesa quién habite el palacio mientras se respeten los envíos destinados a pagar el servicio de la deuda que el chavismo hipotecó irresponsablemente. Rusia, por su parte, observa con irritación cómo la expulsión de facto de sus empresas petroleras abre paso a la influencia de licencias y firmas occidentales, pero sus propios diplomáticos asistieron a la juramentación de Delcy Rodríguez el 5 de enero entendiendo que las reglas del juego habían cambiado.
Irán, entretanto, sencillamente tuvo que atender sus propias urgencias tras verse envuelto en una confrontación directa en Medio Oriente a finales de febrero. La red de la flota clandestina que operaron conjuntamente para eludir sanciones quedó como un remanente logístico en el mercado negro, no como una barricada política compartida.
La bigamia diplomática de Delcy Rodríguez
Pese a la evidente fractura operativa, sería un error afirmar que el chavismo ha roto formalmente con estos regímenes. Lo que hoy se presencia es una auténtica «bigamia diplomática». La cúpula que encabeza Delcy Rodríguez necesita desesperadamente el alivio financiero, el acceso a organismos multilaterales y el visto bueno de Washington para operar sus pozos petroleros; pero al mismo tiempo no puede desprenderse de la retórica antiimperialista frente a sus bases internas sin admitir una claudicación moral absoluta.
Por esa razón, la propaganda en TeleSUR y VTV continúa calcando los marcos informativos moscovitas y la vocería oficial insiste en su «derecho irrenunciable» a mantener relaciones tanto con Washington como con Pekín, Moscú, Teherán y La Habana. Es el malabarismo del deudor acorralado: gesticular como revolucionario radical hacia adentro mientras se negocian concesiones económicas con el «imperio» hacia afuera.
La lección para los venezolanos
Quienes crecimos viendo cómo este proyecto político destruía el tejido moral del país y liquidaba nuestras industrias siempre supimos la calaña de los padrinos extranjeros que acudían a respaldar la represión en 2014 y 2017. El chavismo utilizó los dineros públicos para comprar legitimidad foránea y alquilar lealtades que jamás le pertenecieron.
Hoy queda demostrado lo que ocurre en cualquier pacto de conveniencia cuando el financista se queda sin fondos y el garrote exterior cambia de manos. Los socios no pelearon por quien tanto les dio. Se llevaron lo que pudieron en los tanqueros de 2025 y dejaron a los herederos del desastre negociando su supervivencia día a día. La pretendida alianza histórica murió en el momento exacto en que se agotó la capacidad de pagar la cuenta.
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